Thursday, August 11, 2011
LA SOSPECHA
NARRATIVA DOMINICANA
Convocado por una insólita sospecha, Adolfo Megal salió temprano de su oficina hacia su casa. Dejó sin terminar los negocios del día, que eran muchos y plagados de onerosas cargas financieras. Sobre todo después de que el banco le pidiera entregar la casa y sus proveedores le exigieran pagar atrasos, moras y recargos. Los impuestos y los bancos se lo llevaban todo y la casa, lo único que le quedaba, estaba a punto de ser tragada en el hoyo oscuro, en el fatídico embudo de la economía.
Mientras transitaba pesadamente por la ciudad atestada, sentía que su vida había sido un fracaso. El embotellamiento urbano aumentaba su presión arterial, su frustración y su ira. Cuando logró llegar, acalorado, vio salir de su casa, apresuradamente, a un hombre joven, bien vestido, de aire complacido que se arreglaba la corbata.
Subió de tres saltos las escaleras y vio a su mujer salir del baño. ¿Por qué me traicionas? Le gritó, y acto seguido saco la pistola y casi se la descarga encima. Le quedó una sola bala, la que habría de atravesar su sien. Antes, tomó una vieja foto, en la que ella se veía azorada (por alguna razón desconocida) y escribió con dolor una nota póstuma.
La policía encontró junto a los cadáveres, manchadas de sangre, las notificaciones bancarias de incautación legal, que había dejado en la casa un joven alguacil minutos antes del terrible suceso.
Fernando Ureña Rib
Tuesday, October 26, 2010
ACEITE DE TORTUGA
ACEITE DE TORTUGA
Los cazadores de tortugas llegaron temprano a la ensenada de la playa donde ovábamos, y aunque habían bebido mucho la noche anterior, hallaron fuerzas en la idea de desayunar con huevas crudas y quitarse la resaca con el ron que les quedaba, que todavía era mucho. Eran siete hombres armados con redes, filtros, exprimidores, cuchillos y ballestas. Tendrían entre treinta y cuarenta años. Lucían fuertes, el pelo ensortijado pero sucio, sin afeitar y su aspecto no le gustó para nada a Papá Carey quien se ocupó en organizar las tropas, arengarlas y trazar una estrategia de defensa.
“Los dejaremos comerse los huevos y tomarse todo el ron. Tú, sin embargo, te ocuparás de robar las redes, tú los cuchillos y tú las ballestas. Las hembras buscarán los filtros y exprimidores. " Reían mucho y bromeaban entre sí aquellos hombres como, si el mundo les perteneciera. Nosotras incluso les trajimos más ron, porque ellos pensaban hacer de nosotras aceite de tortuga, que según ellos es muy bueno para broncear la piel, para la toz, el reumatismo y aligera la sangre.
Y ligeras sí que teníamos nosotras la sangre, porque antes de que terminaran las botellas que les habíamos traído del colmado, ya estaban atados en las redes que clavamos con las ballestas y los arpones con que nos querían matar. Bueno. Esto es solo para informarles que el aceite que ustedes se acaban de untar en sus cuerpos, en estas hermosas playas, no es precisamente aceite de tortuga, sino el de sus cazadores.
FERNANDO UREÑA RIB
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